Por: Allie Ann

Los principios del mundo globalizado y uno de los principales hitos en la formación de la historia contemporánea, la comunicación entre ciudades, supuso un arma de doble filo para los habitantes de Europa en la Edad Media.

Entre 1346 y 1353, fue su intrincada red de caminos la que facilitó la expansión de la peste negra, que arrasó a entre el 30 y el 50% de la población total europea. Si bien históricamente se había establecido una relación entre esta red de comunicación y la expansión de la enfermedad, ahora se ha demostrado gracias a una simulación matemática, realizada por un estudio publicado por la revista Scientific Report, y que cuenta con la participación de la Universidad de Granada.

En la investigación se muestra cómo las ciudades más centrales dentro de la red de comunicación, con mayor número de puntos de conexión, así como las más pobladas, eran a su vez las de mayor incidencia de peste negra. Y, lo que es más, con una severidad mucho mayor y con mayor probabilidad de que los brotes se repitiesen.

El cálculo se ha realizado mediante el análisis de 2084 puntos de conexión entre 1131 ciudades, permitiendo hallar empíricamente la frecuencia con que la enfermedad llegaba a los núcleos de población.

La viralidad de esta enfermedad, altamente contagiosa y mortal, fue una de sus armas más peligrosas. Las rutas de comercio, peregrinación y turismo entre ciudades fueron las principales vías de contagio, haciendo más vulnerables a la enfermedad a las ciudades que más puntos de conexión tenían que, a su vez, eran las más pobladas.

Su origen se atribuye a la Ruta de la Seda, desde Asia Central a la península de Crimea, y a partir de ahí se extendió a todos los rincones de Europa a través de las rutas comerciales. Las vías de peregrinación también se han asociado como importante vía de comunicación, con 403 ciudades analizadas con este tipo de itinerario.

No obstante, fueron menos significativas que las rutas comerciales, según el investigador del departamento de Ecología de la UGR y de la Estación Experimental de Zonas Áridas (CSIC) José María Gómez.

La constatación de este hecho histórico permite focalizar la atención en las grandes urbes en el caso de que se produzca una pandemia en la actualidad. “Es vital comprobar si el patrón encontrado en este estudio para las redes medievales se mantiene en la actualidad”, apunta el investigador del CSIC Miguel Verdú, del Centro de Investigaciones sobre Desertificación, centro mixto del CSIC y la Universidad de Valencia.

Identificar este factor de riesgo permitiría ahorrar tiempo y recursos y concentrar los esfuerzos en las grades urbes, para tratar de reducir al máximo la propagación.

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