Escrito por: Rafael Cienfuegos Calderón

Un martes de tarde nublada en la que parecía que de un momento a otro comenzaría a llover, me dirigía caminando al lugar donde acudiría a escuchar un concierto de la Big Band Jazz México en homenaje a Frank Sinatra.

Éramos varios los que íbamos y veníamos por ambas aceras de la calle rumbo a las avenidas Cuauhtémoc o Universidad. De entre las personas que veía, me llamó la atención una mujer que distinguí a cierta distancia. Primero fue su cabello rizado suelto que le caía debajo de los hombros, luego fue su cuerpo envuelto en un suéter de cuello alto color beige y unos jeans rectos azul marino y, finalmente, su rostro, que aunque con un tenue toque de maquillaje y lápiz labial, me pareció conocido. Estaba parada frente a un vehículo del que descendían otras dos mujeres, una joven delgada de unos 27 años y otra adulta de cuerpo grueso.

¿Es Magdalena-Natalia o estoy confundido?
Se encontraba a unos 20 metros delante de mí.
Sí. Si es ella –corroboré-.

Detuve el paso sin saber por qué. ¿Qué hago? Me acerco o no, la saludo o no. Me sentí confuso, pues no era lo mismo verla y saludarla en el Lolita’s que en la vía pública y acompañada.

¡Claro que la voy a abordar! Qué chingados –decidí- al tiempo que comencé a caminar para cruzar la calle hacia la acera en la que se encontraba y me detuve frente a ella.

¡Hola! Magdalena.
¿Me reconoces?
¿Te acuerdas de mí?
Soy Ligorio Buenrostro Galán, amigo de Héctor.
Vi en su cara un signo de contrariedad.
No quiero molestar. Únicamente me acerque para saludarte.
Disculpa y, con permiso.
No había dado cuatro pasos, cuando tras de mí oí su voz decir: espera.
¡Ah! Sí. ¡Claro! Nos hemos visto en el bar.
Di media vuelta y ya frente a ella, me dijo que si se acordaba de mí.

Discúlpame, me confundí.

Vaya coincidencia –agregó-. Encontrarnos por estos rumbos. Vives por aquí o trabajas por aquí –preguntó-. No. Me dirijo a escuchar un concierto de jazz –contesté-. ¿Y tú? ¡Caray! También voy al concierto con mis amigas. Ella es Marisol y ella es Esther. ¡Hola! –

Dijeron al mismo tiempo-.
Mucho gusto –respondí-.

Así es que gustan del jazz, de la buena música y en vivo. Yo de ser posible no me pierdo los conciertos, aunque el horario no sea tan adecuado y aunque haya amenaza de lluvia, como ahorita –dije como una forma de propiciar el acercamiento de los cuatro cuerpos-.

Yo es la primera vez que acudo a este lugar –mencionó Magdalena-, pero ellas lo hacen con más frecuencia. ¿Hasta dónde queda el lugar? ¿Falta mucho para llegar? –Quiso saber-

Ya está muy cerca –mencioné- al tiempo que le hice saber que encontraron buen lugar para dejar el coche, porque o lo estacionas en la Plaza Coyoacán o en la Cineteca, pero se camina más.

Vamos –invité con el brazo medio extendido y la palma de la mano hacia arriba-.

Las acompañantes de Magdalena se adelantaron y ella y yo quedamos atrás, lo que aproveché para pedirle una disculpa por la manera en que la abordé, y hacerle notar, que en un principio pensé que estaba equivocado, que no era ella, pero que al darme cuenta de que sí, no sabía si acercarme o no, si saludarla o no. Y que, al decidirme por el sí, no pensé que le fuera a causar algún problema.

Lo hice instintivamente. Bueno, no mucho. Más bien, con un poco de propósito.

Está bien. No hay problema, solo que no me ocurre encontrar en la calle a clientes del bar. Es la primera vez que me pasa y de entrada sí me saque de onda. No por Marisol y Esther, pues ellas saben de mi trabajo, sino porque no sabía si ignorarte o negar que te conociera para evitar que habláramos.

Pues el que no me hayas ni ignorado ni desconocido me parece una buena onda de tu parte, porque por naturaleza soy tímido. ¿Tú tímido? –me interrumpió-. Sí y a pesar de ello me arriesgue a un desplante tuyo, que aunque no nos conozcamos más allá de vernos y saludarnos en el bar, me hubiera dado vergüenza verte después de este día. Seguramente dejaría de ir.

No seas trágico –me dijo-. Si vas al bar es porque te gusta el ambiente, además de mis amigas. He visto como tratas a Nadia y a Mía. Te ves a gusto cuando estas con una y con otra. Más a gusto cuando estoy con las dos –expresé-. Y también te gusta admirar al resto de las chicas, lo cual me agrada porque todas son atractivas. Esa es una distinción del Lolita’s.

No te equivocas, por supuesto, pero también me gusta verte a ti.
No mientas. ¿Acaso pretendes alagarme?

No miento y sí pretendo alagarte porque, como afirma mi amigo Héctor, eres una mujer guapa, atractiva y seductora. Y lo sabes. Y te gusta ser el centro de atracción.

Apenas dije la última palabra, me detuvo del brazo derecho con su mano izquierda y me dijo que si en lugar de ir al concierto prefería que fuéramos a tomar un café. Sí. Me parece bien, aunque nos vamos a perder de un buen concierto, estoy seguro de ello. Si no quieres, no. Sí, sí, ya habrá otros.  Bueno –dijo-. Coste que es tu decisión.

Llamó a Marisol y a Esther para que esperaran y, ya junto a ellas, les pidió que se adelantaran al concierto y que cuando concluyera llamarán a su celular para ponerse de acuerdo y nos alcanzaran.

Reanudamos el paso los cuatro y al llegar a la puerta de acceso del IMER ellas se quedaron en la fila de los asistentes y nosotros seguimos adelante hasta que nos encontrarnos a un costado de la Cineteca Nacional, a la que ingresamos por el estacionamiento, junto con un puñado de hombres y mujeres jóvenes que en sus pláticas –escuché- hacían referencia a las películas que estaban en cartelera o a la exposición fotográfica de Stanley Kubrik.

¿Dónde vamos a tomar café? Este es un cine ¿verdad?

Así es Magdalena, o te puedo llamar Magda.

Nadie me dice así. No estoy acostumbrada. Siempre ha sido Magdalena completo. Imagínate, hasta mi mamá, mi papá y mi hermano lo pronuncian completo. Desde niña no hubo ni tía ni prima que me dijeran Magda y, por ende, todos mis conocidos me llaman Magdalena.

Y no puedo ser yo la excepción. Me parece menos formal.

Como quieras.
Te da igual.
Sí.
O sea,  te vale madres.

¿Por qué dices eso? ¡Claro que no! No soy tan simple. Quién te crees que soy.

No te enojes Magda. No es para tanto. Lo que pasa -déjame explicarte-, es que entre mi círculo de amigos y amigas cuando se propone algo, se decide algo o se dice algo y se pide opinión y alguien comenta, me da igual, la interpretación que le damos es, entonces te vale madres. Por eso fue que lo mencione. Es como algo jocoso.

Mira, allá –señalé con el dedo índice- está la cafetería y del otro lado hay bancas al aire libre. No creo que llueva, pues ahorita está menos nublado que hace una hora y si acaso llovizna, nos vamos al área que está techada.

¿Te parece bien? ¿Estás de acuerdo? o ¿Te da igual?

Sí, es buena idea.

En la barra de la cafetería pedimos un café americano y un descafeinado, ella no quiso ni pastel, panqué o galletas, cogimos unos sobres de sustituto de azúcar y mascabado, servilletas y unos removedores, y fuimos hacia una banca que localizamos vacía y tomamos asiento.

Observé alrededor y le mencioné el gusto que sentía por estar en este lugar. Tiene mucho tiempo que no ingreso a alguna de las salas ni veo películas no comerciales, aunque tengo afición por el cine independiente y alternativo, pero, creo,  no tanta como todos estos cinéfilos que están comprando sus entradas o como los que vienen a la exposición de Kubrik, la cual no conozco,  a pesar de que me gustan las películas que dirigió, más que nada Naranja Mecánica, Apocalipsis Ahora, 2001 Odisea del Espacio, Lolita y Pelotón, y se me pasaba, la del Resplandor, con Jack Nicholson.

Tú eres cinéfila. Haz visto alguna de las películas que mencioné.

La del Resplandor, en la televisión de paga, completa. Es buena. Te pone los nervios de punta. Naranja Mecánica, nunca completa. Me parece muy violenta y no me gustan las escenas de violaciones o de sexo violento.

Pero el acto sexual aunque sea tierno, me parece que tiene una carga de violencia, que me creo es natural porque se trata de la penetración del órgano masculino en el órgano femenino -expuse-.

Tienes razón, pero la violencia física, la agresión, el sometimiento y el control es lo que marca la diferencia con el acto sexual sublime, lo cual entre la mayoría de hombres no existe, como si en las mujeres. Para ustedes lo que importa del sexo es mostrar su machismo, su virilidad y con ello hacer notar que son superiores a la mujer. Pero no lo son y están equivocados, porque en cuanto ustedes terminan, revelan lo débiles que son, mientras que nosotras mantenemos vitalidad.

¡Vaya! Esta sí que fue una reflexión profunda y sumamente freudiana. Estoy anonadado, que digo anonadado, perplejo, abrumado, sorprendido y de acuerdo con tu planteamiento. No había escuchado algo tan claro respecto el acto sexual de parte de una mujer, pues me parece que no son proclives a hablar de sexo sea por pudor, por la religión o porque son conservadoras.

Yo no acepto a los violadores y abusadores, ni a los pedófilos y mucho menos a los pederastas. Si estuviera en mis manos, a todos los fusilaría, los llevaría a la cámara de gas o a la silla eléctrica, en lugar de encarcelarlos, , porque son una sabandijas que no merece vivir. Y ya vez, la mayoría están libres porque no se les aplica la ley.

De lo que estoy bien seguro Magda, es que el amor y la plusvalía son los dos motores que mueven al Mundo, los más poderosos que existen y de los cuales no se puede prescindir, pues sin ellos la humanidad dejaría de existir. Sin el primero no habría reproducción ni placer y sin el segundo no habría riqueza, bienestar ni satisfactores personales.

Qué tal –me interrumpió- ahora la sorprendida soy yo. Resultaste ser muy práctico y por eso me parece consideras vital para la vida tanto el sexo como el dinero.

-Reí-. No vital, pero sí necesario.

Y ¿por qué estamos hablando de todo esto? –le pregunté-

Parecemos dos intelectuales filosofando, y eso me agrada porque no es fácil encontrar a alguien con quien abordar ciertos temas. Quiero pensar que estudiante psicología y que Freud te cautivó con sus teorías teorías sobre el comportamiento sexual

Desafortunadamente no. Me quedé en el intento de estudiar  en la facultad de Psicología de la UNAM. No pasé de la preparatoria, pero me gusta leer revistas y libros sobre esa temática. Tuve que trabajar y no hubo oportunidad para estudiar a la vez. En la prepa  tomé la materia de psicología uno, dos y tres y las dos profesoras que la impartieron eran muy buenas e hicieron que me interesara.

Qué bien. Qué bien –expresé-.

A ello siguió un silencio incómodo, de esos en los que pareciera que ya no hay nada que decir, o que hacen dudar sobre cómo retomar la plática o que, sin saberlo, son necesarios para darse un respiro.

Escrito por Javier González

WEBMASTER - Futuro Maestro en educación, Libre pensador y progresista

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