Por: Allie Ann

Las rupturas y los altibajos previos van de la mano. Hay personas que sobrellevan con entereza esa inestabilidad y otras que requieren ayuda profesional.

No es una circunstancia fácil, y tras ella muchos se replantean su modelo de relaciones, estilos de vida y comportamientos. A su vez, al comenzar un nuevo amorío, más de uno procura andar con pies de plomo, sobre todo, teniendo en cuenta el daño que con frecuencia ocasiona una separación para la salud.

Una ruptura amorosa puede provocar depresión, lo que debilita el sistema inmunológico del afectado al sentirse solo y aislado. También genera un aumento de ansiedad y con frecuencia problemas de sueño y pérdida de la propia identidad. Cuando una relación termina, el sentido de uno mismo también se tambalea. Las parejas comparten amigos y tiempo libre, y al romper se sienten perdidos.

El estrés, inevitable durante la separación, puede desencadenar problemas de sobrepeso.

También existe un riesgo cardiaco, cuantas más rupturas amorosas, mayor es el peligro al que se expone al corazón, esto se atribuye a que un proceso de separación, ocasiona un impacto silencioso que, a largo plazo, es mucho mayor del que pensamos.

Antes de llegar a la ruptura todas las parejas han pasado por experiencias muy parecidas. La primera es la fase romántica, con el enamoramiento como centro absoluto. El cerebro libera un cóctel de sustancias –entre ellas la oxitocina y la dopamina– que genera un estado de placer y bienestar perpetuo en el que se ignora todo lo que pueda ser perjudicial. El enamoramiento, que puede llegar a durar hasta cinco años, representa el muelle para comenzar una relación.

En la segunda etapa, la lucha de poder, empiezan los primeros malentendidos y discusiones. En lugar de tener en cuenta las similitudes, como ocurría antes, se enfatizan las diferencias y los defectos. Por lo tanto, las parejas que llegan a este punto tienen dos caminos: romper o sobrevivir. Si escogen la segunda opción, dejarán atrás esta fase cuando acepten las diferencias, aprendan a ceder algunas veces y comuniquen sus necesidades.

Superada esa prueba, llega la estabilidad, el momento en el que ambas partes muestran su amor de forma más clara y madura. En el estadio del compromiso, la cuarta etapa, se logra un equilibrio entre el amor, la diversión, la complicidad, la libertad y el dar y recibir.

En la última comienza un periodo de creación conjunta donde la pareja lleva a cabo un proyecto de crecimiento mutuo.

Estas fases no tienen por qué ser consecutivas. Pueden solaparse o entrar en una espiral constante.

Las parejas se edifican sobre cuatro pilares: compromiso, intimidad, límites y comunicación. Mientras hay amor, parecen sólidos, pero cuando ya no está el compromiso, recuerda a una condena.

En efecto, la intimidad individual se percibe como escasa y la compartida empieza a asfixiar; los límites dejan de respetarse; y el diálogo se esfuma. Lo curioso es que todo lo que se cree que funciona mal, en muchos casos, era igual que antes, cuando parecía que iba bien; la diferencia radica en que sin amor se percibe de otro modo.

Otras causas que desencadenan una ruptura suelen ser el orgullo, la falta de diálogo, los celos e infidelidades, los problemas económicos, la incompatibilidad o la rutina. El orgullo se hace palpable en aquellas relaciones en las que uno de los miembros decide ignorar al otro en lugar de tratar de solucionar los problemas.

Vivimos en un ambiente donde se cree que el amor lo puede todo. Si uno está en la etapa de enamoramiento le va a ir genial en la pareja, pero más adelante hace falta tener habilidades para la convivencia, como son las estrategias para afrontar y resolver problemas. Una de las causas de la ruptura es la falta de esas competencias.

El motivo más frecuente de separación era la falta de comunicación, un aspecto especialmente valorado por las mujeres. En menor medida influían otros factores, como los celos y las infidelidades.

Puede que exista un desencadenante, pero detrás casi siempre hay elementos que erosionan ese vínculo que parecía inexpugnable. Pasados los primeros meses de relación, donde se vive en una nube, quedan de manifiesto las incompatibilidades entre los miembros de la pareja.

Otro aspecto determinante lo representan los problemas económicos. El dinero pesa más en la insatisfacción endémica de muchas relaciones que los conflictos o descubrir que el otro ha echado una cana al aire.

Las señales de aviso suelen estar directamente relacionadas con el modelo de pareja ideal que se tiene –la que soñamos– y la real que se vive día a día. Por ejemplo, solemos ofrecer a los demás lo que nos gusta recibir, así que si alguien es muy detallista, seguramente desee que su pareja también lo sea; y si percibe que no recibe lo mismo, podría ser una razón para romper.

Por otra parte, el avance tecnológico ha revolucionado la comunicación. Internet y las redes sociales ayudan a conocer gente, pero a veces se convierten en un factor desestabilizador.

El investigador Russell Brent, de la Universidad de Misuri, en EE.UU., estudió la influencia de Facebook en 205 usuarios de entre 18 y 82 años y comprobó que cuanto más entraban en esta red social, más conflictiva era la relación de pareja.

Si bien estos problemas solo se manifestaron en vínculos de menos de tres años de duración. Siguiendo esta línea, Brent llevó a cabo otro estudio sobre Twitter y obtuvo resultados similares: aumento de conflictos, infidelidades, separaciones y divorcios.

Pero no todo es negativo en internet. Uno de los beneficios más claros de las redes sociales es la facilidad en la comunicación. Un mensaje de WhatsApp puede encender la chispa del amor y ayudar en la conquista, especialmente a aquellas personas más tímidas. También potencia el deseo y la imaginación, contribuye a crear espacios de comunicación íntima y ayuda, sobre todo, en las relaciones donde las personas pasan poco tiempo juntas.

La tecnología no es mala ni buena, depende de la gestión que se haga de ella.

Pero una vez que se presenta la ruptura, ¿cómo se lleva a cabo? Es una de las preguntas que más suele preocupar cuando alguien se plantea dar por concluida la relación. No existen fórmulas infalibles para zanjar el asunto.

La clave sería agradecer al otro todo el tiempo compartido, que se supone que ha sido bueno para ambas partes. Debe prevalecer el respeto y la honestidad, y es un momento para escuchar y, lo más importante, aceptar que una ruptura no es un fracaso. Sí lo sería, por ejemplo, mantener algo que no es bueno para ninguno de los dos.

Lo ideal es que el vínculo se rompa tras un periodo en el que se haya hablado y reflexionado sobre las causas y motivos que han llevado a esa situación.

Las rupturas nunca han sido plato de buen gusto para nadie, por lo que muchas personas deciden recurrir a los medios tecnológicos para hacer frente a esta última etapa.

Ahora bien, si lo que se pretende no es romper sino mantener la relación, hay que cuidarla.

La pareja se construye en el día a día. No basta con querer seguir juntos. El amor se cultiva, pero no ha de vivirse ni transformarse en una obligación. Conviene regarlo y ponerlo al sol y, a veces, podarlo, aunque duela, o cambiarle la tierra.

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