Por: Allie Ann

Cuando somos tocados, las terminales nerviosas bajo la epidermis o la capa externa de la piel mandan señales eléctricas al cerebro. Es así que podemos percatarnos de los cambios en la temperatura y la presión. Dos áreas cerebrales distintas se encargan de analizar esta información; la corteza sematosensorial recibe las señales de presión mientras que la corteza cingulada gobierna las sensaciones de placer.

Cuando ambas se activan simultáneamente, se produce el cosquilleo.

Las partes del cuerpo en las que sentimos más cosquillas, como las axilas, el cuello y las suelas de los pies, también son las partes más vulnerables a ser heridas. Es por esto que los neurocientíficos y los biólogos evolutivos creen que la risa es un mecanismo de defensa, pues demuestra sumisión a un posible agresor y disipa una situación tensa, evitando que nos hagan daño.

El hipocampo, la parte del cerebro que activa la risa frente a un cosquilleo, también se activa cuando anticipa dolor.

El cerebelo, es la razón por la cual no podemos hacernos cosquillas a nosotros mismos. Avisa al resto del cerebro que estamos por hacernos cosquillas para filtrar el estímulo y evitar que se gaste energía interpretando las señales de nuestro propio cosquilleo.

Los humanos no somos los únicos en reírnos al sentir cosquillas, los gorilas y las ratas también lo hacen.

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