Por: Allie Ann

La sismología es la pieza angular a partir de la cual nace cualquier estrategia de prevención. El objetivo es vivir tranquilos a pesar de los terremotos y esto se puede hacer debido a que el riesgo depende de dos cosas fundamentales: uno, el fenómeno per se, los sismos y terremotos que en este caso seguirán ocurriendo siempre y, por otro lado, la vulnerabilidad que tengamos ante tal fenómeno.

¿Qué parte del subsuelo temblará con más fuerza y por más tiempo?¿Qué modelos permiten entender el fenómeno específico de los sismos en el Valle de México? A la búsqueda de estas respuestas dedica su labor Víctor Cruz-Atienza, experto mexicano considerado en una edición de la revista Nature como uno de los 10 científicos más relevantes a nivel internacional. Él es jefe del Departamento de Sismología del Instituto de Geofísica en la Universidad Nacional Autónoma de México.

De acuerdo con el investigador, la magnitud de un sismo es como su huella digital: nos dice qué tan grande fue la ruptura, el tamaño de la falla geológica y, por ende, nos habla de la energía sísmica liberada. El deslizamiento está directamente ligado a la cantidad de energía radiada en forma de ondas sísmicas. La intensidad y la duración, por otro lado, hablan de la violencia del movimiento en un sitio específico, de tal modo que se pueden registrar distintas intensidades de un mismo terremoto.

La Ciudad de México está situada en un islote en medio del lago de Texcoco, cuya cuenca fue desecada ––se le quitó humedad–– para construir calles, casas y edificios, pero los sedimentos blandos del lecho se quedaron en la zona central de la ciudad. Ahí sucedieron los mayores daños en el temblor de 1985.

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––¿Qué es lo que ha cambiado en nuestra forma de entender los sismos?Háblanos de los esfuerzos que en este marco estás realizando con un talentoso equipo de colaboradores.

––Efectivamente, al lado de gente muy comprometida y capaz estamos trabajando para entender y aportar un poco más a la comprensión de lo que ocurre específicamente en la Ciudad de México cuando incide un terremoto. Lo que es interesante, que mencionas, justamente es la teoría la que permite reinterpretar observaciones que se habían explicado de otra forma con base en ideas previas. Las predicciones hechas por una teoría pueden llevar a determinar la manera en que queremos observar la naturaleza. Por eso, es necesario ver si efectivamente esa teoría que nos permite entender la naturaleza, traducirla de forma lógica, es cierta o no.

Eso es lo que nos ocurrió en el caso de la Ciudad de México. El consenso más aceptado en la comunidad sismológica era que el movimiento del suelo en la zona lacustre –sobre la cual está edificada gran parte de la urbe– duraba tanto, como el movimiento afuera de esos sedimentos lacustres alrededor de la cuenca.

Para hacer la medición, en Ciudad Universitaria, digamos, tenemos una estación de referencia. Así, si uno pone dos sismómetros en esas dos zonas y uno registra un sismo lejano, por ejemplo, de la costa, la duración del movimiento en ambos lugares es comparable.

El actuar de las cuencas durante sismos

––Con el diseño de antenas electromagnéticas, pudimos estudiar con detalle el campo de ondas de un sismo que provenía de la costa; lo confirmamos con varios terremotos y nos dimos cuenta de que la mitad de la energía sísmica que atraviesa ese conjunto –justo antes de llegar a la zona del lago– llega del epicentro, del lugar donde se generaron las ondas (como debe ser), pero que la segunda mitad de dicha energía ya no viene de ahí, sino de la dirección opuesta, escupida por la cuenca sedimentaria.

Si uno no está consciente de eso que vimos hace muy poco, se podría pensar que todo el movimiento fuera de la cuenca son ondas que son suministradas durante mucho tiempo a la cuenca, pero no. Lo que parece estar ocurriendo es un fenómeno local: algo pasa en los sedimentos lacustres, en los sedimentos de la cuenca, permitiendo que, a pesar de desvanecerse, pueda recrearse la energía sísmica por mucho más tiempo que en la zona firme.

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La cultura preventiva

–De hecho, a partir del sismo de 1985, tenemos mejores instrumentos para evitar, en la medida de lo posible, el desastre que viene aunado a un terremoto.

–El temblor de 1985 fue un parteaguas en nuestro campo, la sismología. Esa tragedia dio lugar a una instrumentación masiva de la cuenca de México, es decir, la instalación de sismógrafos, acelerómetros en particular, que desde entonces registran decenas de miles de sismos, con base en los cuales se ha podido microcaracterizar –así decimos– la respuesta sísmica del Valle.

Hoy sabemos con mayor precisión que en el 85 las regiones de la ciudad, las zonas pequeñas donde la amplificación de las ondas es mayor y con base en esa información se ha desprendido el código de construcción en la capital, uno de los mejores del mundo.

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