METEO

¿Nos estaríamos preguntando esto si nos refiriéramos a la educación vial, por ejemplo?

Me parece que no, porque intuitivamente sabemos que nuestros niños tendrán que interactuar con vehículos que resultan un peligro para su integridad apenas salgan ese mismo día de la escuela para volver a casa, ¿verdad? Por otro lado, percibimos que la meteorología es una ciencia muy avanzada para enseñarla a niños, y que primero debemos acabar de enseñarles ciencias naturales y geografía para que, eventualmente, la entiendan.

La realidad es que no estaríamos tratando de crear pronosticadores infantiles, sino simplemente de hacerles comprender como identificar ahí afuera condiciones que pueden representar peligro para ellos, en este caso de fenómenos atmosféricos y no de vehículos circulando por la calle. Y por supuesto, esto también aplicaría a muchos otros fenómenos que ofrecen peligro pero que no son atmosféricos, es decir, deberíamos estar familiarizando antes a nuestros pequeños con conceptos de Protección Civil en general, orientando a su, ya de por sí, gran intuición. Dos particularidades al respecto destacan.

Los fenómenos de peligro no son exactamente iguales para un niño que vive en la costa que para un niño que vive en una zona desértica en el altiplano central norte de México. Por lo que los programas en estos temas no deberían ser uniformes sobre todo el territorio nacional, sino ajustarse a los fenómenos a los que antes se enfrentará el niño mientras todavía es niño, digamos ciclones tropicales antes para un niño que vive sobre la costa y tormentas eléctricas e inundaciones repentinas antes para un niño que vive en una zona árida lejos de la costa. Los programas deben ser pertinentes localmente, de otra forma se convierten en ejercicios inútiles.

Pero, ¿a través de qué mecanismo enseñamos a nuestros niños en las escuelas? Pues usualmente a través de maestros, que por supuesto deben ser instruídos en estos temas mucho antes de que ellos lo intenten con sus propios alumnos. Y aquí aparece un problema.

Ahora sí, a quien hay que instruir es un adulto, quizá en muchos casos un adulto joven, pero finalmente un adulto. Y como tal, erróneamente tomamos el modelo de que lo que necesita saber es una versión simplificada de lo que le enseñamos a nuestros meteorólogos en el nivel profesional.

Nada más lejos de la realidad. Así como cuando enseñamos educación vial a nuestros niños (a través de sus maestros) no pretendemos que aprendan a diseñar un vehículo automotor ni un sistema de semáforos sincronizados, como lo haría un estudiante de ingeniería (automotriz o vial, respectivamente) a nivel licenciatura, no debemos pretender que los maestros puedan pronosticar fenómenos meteorológicos, sino que puedan identificar intuitivamente cómo, dónde y bajo qué circunstancias se manifiestan los peligros y como mitigar sus efectos.

Quizá hasta que puedan interpretar adecuadamente las diversas fuentes de información que les llegarán por diversos medios. No es necesario tratar de hacerlos caricaturas de pronosticadores profesionales. Pero éste no es un problema de los maestros, sino un problema de las comunidades de profesionales en meteorología, hidrología y protección civil.

Y, finalmente, he escuchado a muchos maestros oponerse a estos cambios porque no hay que inducir temor en los niños. Pues una dósis mesurada de temor es lo que ha mantenido a los humanos vivos (como especie) a los largo de cientos de miles de años.

Creo que no hay que inducir falsos temores a los niños pero creo que sí hay que preparalos para la realidad. Además me parece que los niños son mucho más aptos que los adultos para digerir estas realidades, ya que son una parte integral del medio ambiente en el que nos movemos.

En las experiencias que he tenido interactuando con niños en estos temas, jamás he identificado que ellos muestren temor, mucho menos cuando comprenden mejor lo que están viendo en los noticieros y, ocasionalmete, lo que están experimentando. Una ventaja adicional de atacar el problema en breve, es que haría de la siguiente generación de padres, una mucho más consciente que la actual, una más receptiva y una que no permitirá una nueva generación de niños que pierdan el más elemental de los instintos, el instinto de supervivencia.