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Granjeno, Texas. – Un escorpión tatuado que ocupa la mayor parte de su antebrazo derecho ha sido como una maldición para Elmer Mendoza, un hondureño de 25 años capturado por la Patrulla Fronteriza hace unos días, cuando intentaba reingresar ilegalmente a los Estados Unidos por Granjeno, Texas.

Elmer se quebró el brazo hace años y para disimular la cicatriz se le hizo fácil tatuarse. Vivía entonces en los Estados Unidos, en donde es padre de dos hijos, uno de dos años y una nena recién nacida.

Hace meses fue deportado a Honduras y el lunes pasado quiso regresar, pero fue capturado por agentes migratorios, es entonces que accede a platicar con la reportera.

El hondureño acababa de cruzar el Río Bravo a nado -un frente frío recién había afectado la región y la temperatura oscilaba entre los 10 y los 15 grados centígrados- cuando contó su historia recargado en el vehículo color blanco con franjas y letras verdes de la Patrulla Fronteriza.

Su ropa estaba completamente mojada y el aire seguramente le provocaba más frío. Sube el gorro de su sudadera a su cabeza para evitar más frío y cuenta:

“La gente me veía mal, creían que soy marero pero no, soy gente honesta”, aclara. Elmer jamás se imaginó que esos tatuajes serían como una maldición, recién llegó deportado a su país y fue perseguido.

Explica que en Honduras gracias a esos tatuajes tiene en contra hasta las policías que lo acosaban continuamente, por eso y por sus hijos, decidió intentar volver a los Estados Unidos.

Pero la suerte le dio la espalda y no podrá reunirse con su familia pues él y el grupo con el que cruzó ilegalmente se encuentra ahora en un Centro de detención Migratoria.

Elmer recomienda a los hondureños radicados en los Estados Unidos -especialmente a los que viven ahí en forma irregular- no tatuarse ninguna parte del cuerpo que sea visible pues sufrirán la discriminación y el acoso en su propia tierra.