PENSARC

Aunque el título de esta columna coincide con el de uno de los libros de Nietzsche, en realidad me viene bien para aquí traer a colación el problema que algunos quieren apuntar sobre la incapacidad de nuestra especie para sobrevivir bajo las condiciones que le impone su propia biología, particularmente las relacionadas con la conducta social.

Esa es la tesis, debo decir que sorprendente por quien la escribe, de Luisgé Martín quien en su reciente obra El mundo feliz: una apología de la vida falsa (2018) viene a concluir que no tenemos solución a no ser que nos trascendamos, que vayamos más allá de nosotros mismos.

Es por ser “demasiado humanos” que nos encontramos cíclicamente enfrentados a nuestras limitaciones y defectos estructurales que hacen difícil, por no decir imposible, una convivencia universal.

Entre Hobbes, para el que el “hombre es un lobo para el hombre” y Rousseau, para el que “la naturaleza ha hecho al hombre feliz y bueno, pero la sociedad lo deprava y lo hace miserable” habría que pensar realmente donde nos situamos y qué somos si nos atenemos a los hechos que nuestra historia pone de manifiesto sobre las dificultades para convivir sin pensar, consciente o inconscientemente, que uno está antes que todos los demás.

A la luz de las evidencias que la ciencia nos reporta sobre la naturaleza humana no estamos equidistantes entre lo que sostuvieron Hobbes y Rousseau; en realidad nos acercamos más al primero que al segundo, y solo es cuestión de ver qué tipo de gobernanzas nos hemos ido dando para, a través de pactos y reglas de convivencia más o menos tácitas y asumidas, no ir contra los otros por imperativo de nuestra tendencia a hacerlo.

Siempre hemos pensado, contra nuestra natural humanidad, que la única forma de controlarla sería por medio de alguna norma, universalmente aceptada, a lo Kant, del tipo: “No le hagas a nadie lo que no querrías que te hicieran a ti”. Pero, ¿por qué una tal? Pues porque implícitamente estamos aceptando que está en nuestra natural humanidad actuar de forma contraria, que aquello que nos nace en primera instancia son deseos, que a veces se sustancian en acciones que muy probablemente van a comportar perjuicios a los otros que en modo alguno querríamos que fueran recíprocos. Fue Heidegger quien comentara que en el caso de que las sociedades pudieran desaparecer o, más concretamente, que cuando formas de organización social avanzadas pudieran venirse abajo de la noche a la mañana, lo que nos seguiría quedando, algo de lo que no podríamos desprendernos, sería nuestra propia biología.

Pues bien, el panorama que les muestro en torno a la humanidad a través de las tesis defendidas por Hobbes, Rousseau, Kant, Nietzsche o Heidegger puede cambiar a la luz de la ciencia. Nuestra humanidad puede ser trascendida, podemos ir ontológicamente más allá de nosotros mismos en aquello que parece que es inamovible: nuestra biología.

Como muy acertadamente discute Luisgé Martín podemos acogernos al mundo feliz de Huxley, a engañarnos definitivamente, y a sabiendas de que lo hacemos, ir en busca de la felicidad que nos puedan aportar transformaciones controladas por ingeniería sobre nuestro propio cuerpo, fármacos de nueva generación que nos permitan acceder a estados deseados, o realidades virtuales que nos emplacen en mundos no cotidianos.

En ese mundo nuevo y feliz no existirá el trabajo, el sexo dejará de ser reproductivo, la muerte no será como la conocemos y la realidad virtual hará que podamos vivir muchas vidas.

Nuestra humanidad siente aversión a todo esto, arroja dardos contra tales pretensiones y nos quiere presentar ese nuevo mundo como una atroz distopía donde todo se habrá transformado a peor porque en esa nueva realidad no habrá humanidad que valga, dado que ya no estaremos bajo el paraguas de las categorías que la caracterizan, a saber: libertad, independencia y emoción. Permítame, querido lector, que vaya un paso más allá.

Tampoco yo sabría decir ahora mismo si el futuro posthumano será, bajo la ciencia que nos queda por descubrir, tan antihumano como aquí se está dando a entender. A mí me cabe pensar en realidades ontológicas de nuevo cuño, entes posthumanos y la sociedad universal correspondiente, que harían las delicias de nuestros más ilustres pensadores.