Por: Miguel Angel Maciel González

Hace cuarenta años, exactamente en 1978 mi padre ya fallecido, tenía la misma edad que el suscribiente de estas palabras; 46 años. En ese momento pensaba que tener ese número de primaveras, era ser muy mayor y que me faltaba mucho por alcanzar ese tiempo. No sé si Paul McCartney, sintió lo mismo cuando en 2006, cumplió los mismos años de su famosa canción: “cuando tengas 64 años”. Es improbable que lo llegue a saber, no obstante lo que experimento, es algo de nostalgia de los que se han ido y de lo que ya se está.

Yo soy como mi país personal, con mi batallas internas, con mi tranquilidad, con mi animosidad, con mi desolación y por supuesto con esperanza. Quienes me han dado esa confianza y seguridad han sido Fanny y Luna, quienes en nada se parecen a mi madre o a mi o a lo que sucedía hacia finales de los años 70, porque dentro de esos conflictos propios que tengo conmigo mismo y con la familia, prometí evitar repetir los patrones de mi infancia. Y no es que haya sido una época difícil, no obstante si fue de ciertas amargaduras y desencantos que hasta este momento me estoy dando cuenta.

Cuando conocí a Fanny hace ya más de siete años, encontré como poner a prueba mi propia palabra, fuimos avanzando con los avatares de costumbre y aquellos nuevos que me solicitaban ser más flexible en mi manera de ver la vida, por cierto un modo que hasta ese momento había sido muy rígido y disciplinado. Aprendí de ella, la paz, la calma, el respiro y la paciencia, para crear una relación que fomentara el respeto. A contracorriente del clima laboral y de México que nos rodeaba –bastante adverso y con pocas señales de cambio– Fanny y un servidor llevávamos una travesía cada vez más estable, en ocasiones con situaciones difíciles, inciertas y desafortunadas, pero hemos sabido levar anclas y virar las velas hacia mejores oportunidades y destinos.

Sin saberlo, sin advertirlo, en estas fechas decembrinas, pero del año 2013, nos enteramos que la cigüeña estaba cerca, en mi caso, no sabía qué hacer, hacia dónde ir, cómo actuar. Acostumbrado a tener un control sólido de mi vida, quería tener todas las respuestas y todos los argumentos de inmediato, para poner en jaque a la incertidumbre de ese instante…, no lo he consegudo y lo más probable es que no lo consiga, de hecho a partir del siguiente año, empecé a fluctuar con el caos, con lo inesperado, con las soluciones que se van dando sin que necesariamente las tengamos que forzar, vivo con alguien, el cual no pensé habitar este mundo, ese personificación se llama azar.

Cuando llega Luna –un día por cierto lluvioso– volvió la penumbra de la exactitud y la norma, por supuesto de hacer planes. Esas planificaciones que se vuelven polvo cuando la sorpresa aplasta cualquier intento de dirigir el camino y la vida.

Me dejé llevar, las primeras noches de no dormir, me anunciaron que no pasaba nada, que poco a poco tendríamos le mejor sabiduría; aquella que vas aprendiendo todos los días. Hoy por hoy mi hija está en el kinder, nos regala felicitdad, parece ser que quiere ser bailarina, nos entusiasmamos, pero sabemos que como seres humanos podemos cambiar lo que queríamos por otras cosas. Ahora que nuestra nación se abre a un gobierno distinto, estamos por comenzar el quinto año de existencia de Luna; pintora, valiente, franca, espontánea, imaginativa e inteligente.

No importa lo que venga, porque sabemos que estamos los tres, lo dijo Fanny; “somos un equipo”. Cuando de su boca aterrizaron sus palabras, sentí ese aliento, esa ilusión porque estamos junto, porque lo vivimos, porque lo amanecemos, a pesar de los aspectos desfavorables que estamos experimentando por los egoísmos y las necedades externas, estamos aquí. Gracias mi Fanny y mi Luna por estar.