PENSARC

Es muy importante, y loable, la labor de divulgar la ciencia, máxime cuando como parece que poco a poco se está convirtiendo en un derecho. Aunque algo se nos escapa con la citada afirmación, porque si el derecho a la misma fuera, de facto, algo reconocido por todos los países, la ciencia no sería objeto de divulgación, sino más bien de enseñanza e instrucción fundamental. No existe incompatibilidad o contradicción alguna entre divulgar y enseñar la ciencia, pero hay que reflexionar sobre la necesidad de ambas, porque de lo contrario podemos tomarnos la divulgación científica como un mero pasatiempo.

Tampoco hay nada malo en ello: ¿qué mejor cosa que aprender disfrutando? Pero no es esta la cuestión. La cuestión es que la ciencia ocupe desde el primer momento el puesto que se merece en la educación de la ciudadanía. Es decir, se puede, y se debe, aprender la ciencia estudiándola regladamente desde la infancia.

El concepto de divulgación tiene una dimensión que, aunque interesante por lo que supone de atracción de nuestra atención para responder a preguntas de todo tipo, también lo tiene de divertimento, algo así como “está bien, ya lo comprendo y tengo la explicación que buscaba”. No digo que esto no sea importante y que muchos posibles lectores se sientan atraídos por la divulgación y por disfrutar las explicaciones de la ciencia, al igual que disfrutamos de otros ámbitos de la cultura humana, caso del arte o la literatura, por citar dos ejemplos que me vienen inmediatamente.

Me atrevo a sostener la tesis siguiente: la divulgación científica no puede tener por finalidad el divertimento explicativo. Dicho de otra manera: si nos instruimos en ciencia solo y exclusivamente a partir de la divulgación que sobre ella llevan a cabo loables profesionales, algunos de ellos científicos de primer nivel, estamos limitando o restándole a la ciencia la importancia que debe tener en el mundo en que vivimos. La divulgación científica debiera ser instrucción de segundo nivel, admitiendo que el primero es la instrucción en ciencia en la educación de niños y jóvenes recogiendo el guante, ahora sí, de ese derecho que ahora parece que está cuajando a escala mundial. Con la ciencia no se juega, aunque probablemente no existe mejor forma de aprenderla que jugando. Y no se puede jugar con ella porque la humanidad, para tener futuro, va a requerir de una sociedad instruida, muy instruida, en ciencia.

Y ahora, querido lector, la tercera pata de mi reflexión: el pensamiento desde la ciencia, el título genérico de mi columna. Con ella configuro lo que considero algo así como el cierre lógico de ese más que recurso al que llamamos “ciencia”, el triunvirato científico, a saber: a) aprendemos o nos instruimos en ciencia porque la ciencia es una forma fundamental, aunque complementaria, a otros saberes; b) estamos al día en ella, siendo la divulgación la forma en cómo un ciudadano conoce el desarrollo más reciente de la ciencia, contando con la instrucción previa fundamental; así es cómo la divulgación es o va más allá del mero divertimento; y c) podemos reflexionar con y desde la ciencia sobre la grandes cuestiones que siempre nos atenazan y para las que podemos estar adecuadamente preparados para una respuesta desde la ciencia del momento. Obsérvese que se trata de un triunvirato científico para “no científicos”. No estoy manifestando con estas propuestas el ganar científicos para la ciencia –que también-, sino cómo entiendo que la ciencia llegue a formar parte integral de las alforjas de la ciudadanía.

De forma reiterada vengo sosteniendo que la ciencia nos acompaña en nuestro periplo vital de una forma distinta a como lo hacen otras formas de pensamiento que, probablemente, nos proporcionan mayor paz espiritual. Pero no por ello debemos desprendernos de ella porque nos dé la falsa impresión de que no nos va a aportar nada en relación al cuestionamiento fundamental. Hay mundos que la ciencia nos ha desvelado que eran inimaginables hace nada. La ciencia es un producto del intelecto humano, probablemente el que mejor se nos acopla, el que mejor nos va. Es efímera en la medida que unos logros sustituyen a otros, pero es creativa porque nunca dejan de presentarse. La ciencia es nuestra más fiel aliada.