PENSARC

No parece haber duda de que el tiempo es uno de los grandes enigmas de la ciencia. En su excelente texto de reflexión “El orden del tiempo” (2018), el físico italiano Carlo Rovelli, especialista en gravitación cuántica, nos muestra varias cosas que no dejan de sorprender por el giro que supone con respecto a concepciones fundamentales de la ciencia moderna.

En efecto ésta, que se funda con Newton –a él hace referencia continuamente Rovelli- aparece en buena medida con el fin de objetivar y explicar racionalmente la realidad de las cosas del mundo, del Universo, y hacerlas independientes de nuestra percepción. Ciertamente, la percepción que tenemos sobre ellas y lo que son en realidad puede llegar a ser cosas bien distintas. O, mejor dicho, corremos el riesgo de decir lo que las cosas son bajo el prisma de nuestra subjetividad, de tal forma que bien pudiera ser que cada una fuera distinta según el que la contempla o analiza. Fue Galileo quien insistió en la importancia fundamental de distinguir entre las cualidades primarias de las cosas, sus propiedades fundamentales –las variables que las caracterizan, como peso, masa, velocidad, aceleración- y las secundarias, que engloban precisamente nuestras percepciones subjetivas de las mismas.

Pues bien, para poder obviar la subjetividad los cuerpos se sitúan en el espacio y el tiempo, dos dimensiones absolutas ajenas completamente a nosotros y, en general, a cualquier observador. Tuvo que venir Einstein, el otro gran admirado de Rovelli, para darnos a entender que no existe tal cosa que dimensiones absolutas, que el espacio y el tiempo son relativos al observador y que, precisamente, ellas mismas, así como las cualidades primarias a las que he hecho referencia, cambian según la posición relativa desde donde se las esté considerando. Salvando las apropiadas distancias que impone el avance de la ciencia misma, hay un cierto regreso al pensamiento de algunos de los antiguos griegos, al volver a dar carta de naturaleza a la concepción subjetivista, al poder manifestar que “dime dónde estás y te diré por qué lo que tú percibes difiere de lo que percibo yo, que estoy en otro sitio o momento”.

Pero lo más sorprendente del texto de Rovelli es su consideración en torno al tiempo y cómo llega finalmente a una propuesta donde este no deja de ser una percepción nuestra sobre la base del fluir de las cosas en la dirección de la entropía creciente. También aquí Rovelli nos presenta una particular visión en torno a este asunto. Me agrada particularmente que declare lo siguiente:

“Toda la diferencia entre pasado y futuro se puede reducir al solo hecho de que en el pasado la entropía del mundo era baja. ¿Y por qué la entropía era baja en el pasado?… En este mismo capítulo planteo una idea para una posible respuesta, “si se quiere presentar atención a mi respuesta a esta pregunta y a su supuesto quizá extravagante”. No estoy seguro de que sea la respuesta acertada, pero es una idea de la que me he enamorado. Y podría aclarar muchas cosas” (pág. 109).

Todos hemos estudiado, o deberíamos haberlo hecho, las leyes de la Termodinámica y sabemos, en concreto, de la tendencia al desorden en el Universo. Pero: ¿por qué hacia el desorden? Fue el gran físico Boltzmann, quien se atreviera a formular aquello de que son las partículas, los átomos, las moléculas, las que están en permanente agitación térmica.

Ahora bien, no somos capaces de conocer todas las posibles configuraciones de ese mundo microscópico porque solo tenemos interacción con una parte de él y con un conjunto de variables macroscópicas asociadas, pero no con todas las posibles; en realidad es tal desconocimiento el que nos hace estar desenfocados, y la entropía depender o consistir precisamente en ese desenfoque.

Ese es el núcleo de la teoría de Boltzmann. Para Rovelli la entropía inicial del mundo nos parece muy baja, pero no es porque necesariamente fuera así, sino porque hemos estado desenfocados por haber interaccionado con solo parte de las variables macroscópicas en función de las cuales nosotros describimos el mundo. La fascinante tesis de Rovelli, querido lector, es que la flecha del tiempo podría deberse a nosotros más que al Universo.