PENSARC

Acaba de salir publicado un artículo en la revista Science (volumen 362, páginas 1140-1144, 2018) donde los autores, que trabajan para la división de Google de inteligencia artificial, indican que han creado un programa –el término habitual ahora mismo es ‘algoritmo’- de propósito general, a saber: puede jugar cualquier juego de mesa y solo requiere como punto de partida, lógicamente, disponer de las reglas del juego correspondiente. De hecho, inicia las partidas jugando aleatoriamente, pero tras un sofisticado proceso de aprendizaje basado en una estrategia de refuerzo y jugando contra sí mismo, el algoritmo alcanza un rendimiento superhumano o, dicho, de otro modo, llega a jugar mejor, en general, que el mejor de los humanos en el juego en cuestión. Concretamente muestran de forma convincente que el algoritmo AlphaZero –así lo denominan- gana a campeones mundiales de ajedrez, “shogi” (ajedrez japonés) y el juego chino Go.

¿Qué podemos decir del algoritmo AlphaZero con respecto a la inteligencia humana? Pues, en pocas palabras, que nos supera. No podemos recurrir a la cuestión de que la habilidad de ese algoritmo es particular y que juega mejor en un juego concreto que el correspondiente humano. Aquí, los autores han desarrollado un algoritmo de tipo general que tiene la sorprendente habilidad de, a través del propio aprendizaje, llegar a jugar mejor ‘en cualquier juego de mesa de competencia’. En otras palabras, vamos en la línea de desarrollar inteligencia artificial de propósito general, y no podemos excluir, por lo tanto, crear nuevos algoritmos que, esta vez, tengan propósito general aplicado no ya a juegos, sino a juegos y nuevas acciones relacionadas con la inteligencia y otras capacidades humanas.

 Para el historiador Yuval Noah Harari, en su “Homo Deus. Breve historia del porvenir” (2016), también los humanos estamos hechos de algoritmos; en realidad somos, según él, algoritmos bioquímicos. La diferencia, en todo caso, con respecto a los algoritmos que se desarrollan en los programas de inteligencia artificial, es que estos últimos ‘ya los conocemos’, dado que los hemos construido nosotros. Pero los algoritmos biológicos están lejos de ser descubiertos, dado que son muchos y variados. Al ser productos de la evolución biológica o, en otras palabras, al haber sido elaborados por la evolución a lo largo de miles de millones de años, nos encontramos con que su transcripción al lenguaje máquina propio de un algoritmo computacional, no es inmediata. No los hemos escrito nosotros, y nos queda tarea por delante, incluso asumiendo que realmente seamos algoritmos bioquímicos en última instancia. No quiero con ello decir que no sea imposible, pero ciertamente es complejo. A mí se me ocurre, querido lector, que el genoma alberga esos algoritmos que se encuentran escritos en los diferentes “planos y pliegues” de su estructura; pero buena parte de esos planos y pliegues todavía están por descubrirse. Peor, si cabe, va a ser descubrir los algoritmos bioquímicos recogidos en los múltiples planos y pliegues del cerebro, si nos seguimos manteniendo con la insinuante metáfora de Harari.

Una reflexión final: ¿cuál es el algoritmo bioquímico que se corresponde con la conciencia que, supuestamente, le da origen? Ya hemos visto que la inteligencia humana, cuyo algoritmo no conocemos todavía, bien puede ser superada por la inteligencia de una máquina, cuyos algoritmos estamos desarrollando, tal y como he comentado anteriormente. Pero: ¿podremos llegar a construir el algoritmo de la conciencia, de forma parecida a como estamos haciendo con la inteligencia? No podemos mantener que el algoritmo inteligente desarrollado para jugar con más eficiencia que nosotros sea consciente de ello. De hecho, no lo es. Simplemente juega mejor que nosotros; lo hemos logrado. Y probablemente logremos más avances en ese campo, pero: ¿seremos capaces de desarrollar un algoritmo que alcance el estatus de conciencia? Tengo la impresión de que la conciencia es una propiedad compleja de la mente cuya manifestación requiere de multitud de planos y pliegues en la organización cerebral, muchos de los cuales nos son desconocidos todavía. No tengo claro que surja un momento singular en la historia futura de la humanidad donde la investigación en inteligencia artificial logre un algoritmo consciente y, mucho menos todavía, que ese algoritmo sea el producto fortuito de la combinación de algoritmos inteligentes previos. Aunque el mundo que nos espera puede cambiar radicalmente con respecto al actual con el desarrollo de nuevos algoritmos, la cuestión del logro del algoritmo de la conciencia es clave para dilucidar si nosotros estaremos en ese futuro o seremos reemplazados.