Por: Miguel Angel Maciel González

El problema de cerrar ductos por donde circula la gasolina, ha puesto de cabeza al país tanto a los críticos como a los que defendemos el gobierno de López Obrador. En el teatro de las operaciones discursivas y de acciones, existen al menos dos postura generales sobre el asunto, la de quienes hablan de que: 1. Es necesario hacer un “sacrificio”; dejar de tener por un momento gasolina, para alcanzar el objetivo final: detener el robo de combustible, capturar a quienes hacían este negocio y recuperar los miles de millones de pesos perdidos de esta industria delictiva y 2. La estrategia para hacer frente al “huachicoleo” había fracasado por la ausencia de otras alternativas que no fueran el clausurar los canales de conducción del carburante y la ausencia de planeación.

Me parece que los dos puntos de vista adolecen de un conocimiento profundo de lo que nos está planteado este problema y que resulta en efecto un desafío para el mismo gobierno federal, pero sobre todo para los habitantes de México. Para entender el reto, vamos a enumerar y explicar algunas ideas:

  1. Los dos argumentos convergen en el fenómeno “seguir beneficiándose del hidrocarburo”, como medio –al menos en la preocupación de la gente– para la movilidad en vehículo automotor, sin embargo, no nos hemos puesto a reflexionar acerca de que gasolina, coches y lugares de tránsito sobre todo en las grandes ciudades, no son una cuestión creada por la gente de a pie para sus necesidades, sino hechas de acuerdo a quienes les conviene administrar el poder y el control de los demás, para el tiempo de la productividad y para que la gente común deje de hacer otras actividades ciudadanas que les permitan desenmascarar el uso y el abuso de la división social de la energía, la cual está en manos de pocos en detrimento de muchos. Esto supondría repensar el trazo no sólo de los caminos y en vez de depender de gasolina, habría qué explorar la utilización de algo que puede parecer absurdo: piernas y pies, pero si la base fuera ésta, cambiaría de modo radical la noción de distancia, de centro de trabajo, de labores, por supuesto de cómo concebir el tiempo y la consideración hacia el prójimo.
  2. Sin duda retomando el parecer de Edgar Morin, no sólo la naturaleza es madre y madrastra que da vida y mata, sino también la crisis –como la que se vive hoy en día por la gasolina– es oportunidad para replantear el rumbo de nuestra nación y a la vez, desbaratar aquello a lo que estábamos acostumbrados y dábamos por sentado, es decir, la rutina de ir a la escuela, a la empresa, al negocio o a otros lugares a través del automóvil o el camión. Esto que se lleva practicando desde hace mucho tiempo, se hace más visible y patente en la actualidad, es decir, me refiero a que la falta de combustible ha generado la situación de no poder movilizar alimento no perecedero, lo cual representa un riesgo por qué se puede echar a perder, pero esto puede motivar –o quizá ya se haya motivado desde hace tiempo– a formas para mover la comida y no sólo eso, sino que esto detone la posibilidad de hacer emerger o consolidar redes comunitarias de solidaridad, participación y autogobierno.
  3. Los que están por la opción de la falta de “planeación del gobierno”, desconocen que la vida y la política, no son “programas” establecidos que se ejecuten a la perfección porque controlan las variables, sino generalmente estrategias precarias las cuales deben actualizarse constantemente para atender lo que no está quieto y se mueve y, eso que cambia y tiene amplios rostros de forma continua, se conoce como caos, inatrapable e inmanejable en una condición absoluta, pero si gestionable en función de cómo se comporta lo que se vive. En tal caso, ante la “falla” del plan, ahora se observa al menos al autoajuste de la comunicación, ejemplo: el presidente Andrés, empieza a llamar a las casas para informar acerca de lo sucedido –lo cual no implica que la turbulencia cese– pero sí que la intención huachicolera pueda reajustarse. Por ello nos parece necesario aprender que las cosas al mudarse nos incomodan, pero eso es parte del cosmos.

Por lo anterior resulta ciertamente vergonzoso para quienes estudiaron algo de crítica y de teoría de la complejidad, el no visualizar la probabilidad (no la certeza) que otro mundo se acerca, lo cual  en ocasiones resulta poco grato, porque nos remueve de nuestra anquilosada carga de pasado ya muerto y petrificado.