PENSARC

Buena parte de la reflexión actual en torno a nuestra relación presente y futura con las máquinas digitales parece estar relacionada con el desarrollo de normas para el control de las mismas por parte de los humanos. La filósofa Adela Cortina en su artículo “Ética digital” (El País, viernes 7 de diciembre de 2018) nos presenta de forma muy sucinta y clara lo que serían las normas fundamentales que deben regular la citada relación de los humanos con las máquinas.

Hace referencia a los siguiente cinco principios: 1) El de beneficencia, por el que la digitalización está al servicio de los seres humanos y el planeta. 2) El de no maleficencia, evitando los daños posibles a los seres humanos que se deriven del mal uso de datos y, sobre todo, el de la posible sumisión a las máquinas. 3) El de autonomía de las personas, que puede fortalecerse por el uso de la inteligencia artificial y, en todo caso, que sean los humanos los últimos en tomar las decisiones significativas. 4) El de justicia, que asegure una distribución equitativa de los beneficios de la digitalización. Y finalmente, 5) el de explicabilidad porque los afectados por el mundo digital, máxime cuando se les demanda responsabilidad, deben poder comprenderlo.

Puede parecer una obviedad decirlo, pero estos principios están planteados desde la óptica del humanismo, estando fundamentalmente orientados a salvaguardar los intereses de la humanidad y a prevenirnos sobre los posibles efectos destructores de las máquinas digitales, si estas pasasen a tener mayor protagonismo en el ámbito de la sociedad. La destrucción a la que hago referencia, obviamente, está relacionada con el principio de autonomía del individuo que subyace al humanismo. Parece provocar pánico pensar el pasar de ser los controladores a ser los controlados y, en buena medida, los anteriores principios están planteados para salvaguardarnos de esta situación.

Cabe pensar, no obstante, en la siguiente cuestión, que Adela Cortina también considera en su artículo. A saber: las máquinas son autómatas y no son responsables de sus actuaciones.

Por ello, manifiesta la filósofa, hay que plantear códigos éticos valiosos y sesgados, es decir, orientados a salvaguardar el principio de autonomía de los humanos frente a las máquinas. En mi columna anterior hacía referencia a que la inteligencia artificial trabaja a pasos agigantados, logrando algoritmos –autómatas para nuestra filósofa- que mejoran en sus acciones buena parte de las características humanas, empezando por la inteligencia.

No es cierto que ya sean exclusivamente de propósito específico, porque cada vez se logran algoritmos de tipo más general que emulan y mejoran sustancialmente esas cualidades humanas. Es mucha la precaución, probablemente excesiva, la que se plantea con los principios de la ética digital. Siempre y cuando los entes digitales no sean conscientes –un tema que merece reflexión aparte dada su extraordinaria importancia-, lo cierto es que, si las máquinas no son conscientes y hacen mejor que nosotros prácticamente todo, cabría pensar en la conveniencia de ponernos en sus manos.

Reflexionemos y reconsideremos los principios de la ética digital a la luz de esta tesis: 1) Beneficencia. Nada hace pensar que fuera a ser distinto, puesto que las máquinas no actuarían en beneficio propio, sino a favor de los humanos y el planeta. 2) No maleficencia. Difícilmente se puede pensar en los efectos perjudiciales del mal uso de datos o la sumisión a las máquinas, si los algoritmos correspondientes están construidos para darnos el mejor servicio, con muchas mejores garantías de no maldad, dada su eficiencia, que si dependieramos de las decisiones de otros humanos, que ciertamente se pueden, cuanto menos, equivocar.

Ahora bien, aquí abandonamos nuestra autonomía individual. 3) Autonomía de las personas. Es el asunto clave, como acabo de comentar en el principio anterior. Ciertamente cabe la posibilidad de una inteligencia artificial orientada a fortalecer nuestras decisiones más relevantes, pero también pensar en que este principio no fuera relevante en una sociedad post-humana donde la individualidad humanista desaparecería. 4) Justicia. En manos del mundo digital, con máquinas super-inteligentes, no cabría pensar más que en la mejora de las distribuciones posibles, mucho mejor que lo acontecido a lo largo de la historia de la humanidad. 5) Explicabilidad. Difícilmente se podría explicar a todos los humanos las enormes capacidades de las súper-máquinas; simplemente deberíamos de confiar en ellas, porque intrínsecamente no están programadas para otra cosa que para proveernos felicidad.

Soy consciente, querido lector, del vértigo que produce reconsiderar las tesis de la ética digital por las de esta ética digital post-humana, pero el devenir de la ciencia y la tecnología nos arrojan a un mundo donde es pertinente que reflexionemos sobre si el humanismo ha tocado techo.