PENSARC

Me dedico, por vocación, a la Biología Evolutiva; la enseño y la investigo. Y no me canso con su estudio bajo ninguna de las dos facetas. Siempre encuentro variantes y formas de aproximarme a ella cuando la enseño; yo mismo me quedo sorprendido por ello. Pero, sobre todo, es la enorme frescura de las últimas investigaciones que leo sobre la evolución biológica lo que me deja más perplejo y entusiasmado. Aun siendo la de la evolución una teoría tan antigua, siempre acuden a nosotros nuevos hallazgos, tanto de tipo teórico como de naturaleza experimental o histórica, sirviéndose de las más recientes tecnologías de la ciencia.

Acaba de publicarse un estudio en la revista de la Academia de Ciencias de los EEUU (PNAS, edición on-line de 7 de Enero de 2019) donde se demuestra cómo machos de especies de vertebrados que están muy alejados filogenéticamente (concretamente un ratón de California, un topillo de la pradera, un ave conocida como bisbit alpino, una rana venenosa y un pez cíclido del lago Tanganica) y que son monógamos, comparten un conjunto de genes cuya expresión en el cerebro parece estar en la base de la explicación de tal tipo de conducta. Muy propio del análisis evolutivo, claro está, es observar que los machos de especies de vertebrados próximas evolutivamente a las cinco especies mencionadas, tienen un comportamiento polígamo y, por descontando, no muestran los perfiles de expresión de los genes anteriormente mencionados.

Es precisamente haciendo la comparativa apropiada como los autores llegan a concluir en la existencia de ese conjunto de genes que hacen propender a los machos a la conducta monógama. No se aporta en el estudio cómo es la maquinaria molecular que desencadena finalmente la acumulación de ciertas hormonas que producen un nivel de placer sostenido en los machos por mantenerse monógamos. Pero ese es el caso.

Este es uno más de los muchos ejemplos que aparecen aquí y allá en la evolución sobre la aparición de caracteres complejos de forma independiente. Sin ir más lejos tenemos el caso del vuelo. No solo las aves vuelan – aunque no todas lo hacen porque algunas de ellas, como el avestruz, lo han perdido-, también lo hacen los insectos, o algunos mamíferos. Y también tenemos el caso de la visión. Ya tuve oportunidad de hablar de este último en una columna anterior, al tratar el asunto de la evolución de la visión y la inteligencia en determinadas especies de pulpos y su comparación con ellas mismas en los vertebrados. Las convergencias son asunto recurrente en la evolución biológica, inventos independientes por parte de organismos muy alejados en la evolución. No presentan tal característica por derivar de un ancestro que la tenía, sino que lo han conseguido de forma independiente.

Querido lector, las convergencias son un tema recurrente en la evolución biológica, y más de un científico reclama que han sido insuficientemente consideradas, que guardan algún secreto mensaje todavía por ser desvelado. En un ejercicio de pura ficción, casi como si fuera un experimento mental a los que tanto recurría Einstein para el desarrollo de sus teorías, me gusta plantear a los estudiantes el caso de si la inteligencia hubiera evolucionado en los dinosaurios, caso de no haber desaparecido, hasta el nivel de la que ha evolucionado en nuestra especie.

Me gusta pensar que sí, de la misma forma que la monogamia, la visión o el vuelo parecen haber evolucionado de forma independiente en especies que no han desaparecido. Y no hay nadie por medio que conduzca o dirija esta orquesta de la vida. Claro, una orquesta es un conjunto organizado, alguien da entrada y salida en la partitura a los movimientos que interpretan los músicos, y manifestar que la vida es una orquesta de esta naturaleza casi parece un oxímoron.

Pero cuando observamos, aunque no solamente, este tipo de caracteres tan complejos sí que nos apuntamos a esta hermosa metáfora de la orquesta de la vida. Las convergencias apuntan maneras, cierta direccionalidad sin director, cierta finalidad sin fines. Definitivamente merecen mayor atención. Ciencia, siempre más ciencia.