PENSARC

Acabo de aterrizar en el Departamento de Biología Organísmica y Evolutiva y el Museo de Zoología Comparativa de la Universidad de Harvard donde empiezo, eso espero, una maravillosa estancia sabática. Se trata de un señero departamento por donde han pasado, o siguen en activo, personalidades muy relevantes de la Biología Evolutiva de todos los tiempos.

Así, por ejemplo, Ernst Mayr, Stephen J. Gould, Richard Lewontin, o Edward O. Wilson, por citar a cuatro que, de alguna forma, he seguido con particular atención porque sus intereses científicos y filosóficos iban parejos a los míos. En realidad, más bien debería decir que del estudio de sus respectivas obras yo he debido ir conformando mi propio pensamiento. Me sobrecoge un poco, debo reconocerlo, el estar ahora mismo trabajando y paseándome por el mismo lugar donde están o han estado estos grandes de la ciencia evolutiva.

Aquí llevo a cabo una pequeña reseña de cada uno de ellos, para de alguna manera mostrar qué poso me ha quedado tras leerlos y estudiarlos durante muchos años. Ciertamente que los cuatro han hecho muchas contribuciones, pero aquí les comunico lo primero que me viene de cada uno de ellos y que pienso me ha influido particularmente.

De E. Mayr me queda la idea de su explicación de la diferencia entre el pensamiento poblacional frente al pensamiento tipológico.  La evolución hay que entenderla en el contexto de poblaciones en evolución, y no tanto referirnos a arquetipos. Los organismos no son entes imperfectos que se aproximan a arquetipos ideales, sino más bien seres que viven en poblaciones más o menos adaptadas a sus respectivos ambientes. Es precisamente esa variación la que permite la evolución, haciendo que esta sea más aristotélica que platónica.

De S.J. Gould me quedo con su maravillosa capacidad narrativa para enseñarnos la ciencia evolutiva a través de minuciosos ensayos, con una documentación historiográfica por su parte absolutamente enciclopédica. Por otro lado, aunque es un crítico acérrimo del progreso en evolución biológica –y del progreso en general-, debo indicar que me han sido muy útiles para mis propios estudios sobre la evolución de la complejidad biológica los criterios que ha aportado para demostrar, o no, su existencia.

De R. Lewontin debo indicar la gran influencia que sobre mi han ejercido sus reflexiones en torno a las leyes –muchas de las cuales están todavía por descubrirse- que gobiernan la transformación de los genotipos en fenotipos y de los fenotipos en genotipos, todas ellas operando en el contexto de poblaciones que van evolucionando con el tiempo. Aunque él mismo fue crítico con la posibilidad de demostrar empíricamente tales leyes, o buena parte de ellas, sentó las bases conceptuales para lo que luego ha sido la investigación genómica de las poblaciones biológicas en evolución.

De E.O. Wilson me impactó su reivindicación de la “consiliencia”. Este concepto se lo debemos al filósofo William Whevell, que fuera el primero en formularlo. Con él se hace referencia al intento voluntarioso de crear un marco unificado de entendimientos integrando conocimientos e información de distintas disciplinas.

Wilson retoma ese concepto y explícitamente habla de la integración de tres saberes fundamentales: la ciencia, las humanidades y las artes. Porque a su juicio los tres tienen un mismo objetivo común, cual es el de proporcionar sentido identificando un mundo ordenado explicable por medio de un número limitado de leyes naturales.

Aprovecho querido lector para recomendar encarecidamente aproximarse a la ciencia en la forma como estos grandes científicos la han afrontado: siempre desde la óptica de la no especialización o, dicho de otro modo, tratando de nutrirse en fuentes ajenas a sus campos específicos para poder generar en ellos nuevas visiones y teorías.